Mostrando las entradas con la etiqueta sobre los recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta sobre los recuerdos. Mostrar todas las entradas

ecos en la oscuridad

domingo, noviembre 23, 2008

Finalmente lo abandonaste... Al principio me preguntaba quién de los dos sería el primero y luego pensaba en lo ridícula que me escuchaba... pero has sido tú señorito.

No se dónde estarás ni cómo ni porqué... no se. Nuestro último encuentro fue espantoso, fue como estar juntos por la fuerza y estar juntos de malas y luego de buenas y luego sólo no estuvimos más.

Te lo he dicho ya varias veces pero creo que no me he dado a entender. Te extraño mucho señorito. Y se que ahora soy una chica de horarios y tú un asalariado esquematizado pero no se vale perderte así sin más y yo qué y ach.

Ya no estás...

El gatito más anónimo del mundo

domingo, julio 20, 2008

Cuando tenía cinco años bailaría en un festival escolar. Algo de Crí crí, no recuerdo la canción en cuestión, pero actuaría el papel de un gato: gris, con cola de terciopelo y una graciosa y hermosísima máscara con chapas, enormes pestañas y bigotes de estameña. Era una máscara genial, no sé qué sucedió con ella. El caso es que bailaría. Estaba inscrito en el turno vespertino. Las mañanas previas despertaba, me vestía con el pequeño traje gris con cola, obviamente gris, de terciopelo y salía a jugar al jardín de mi abuelo. El día del estreno y de mi gran debut como bailarín de canciones infantiles estaba emocionado, saltaba de un lado a otro. Recuerdo perfectamente todo. El olor de los biscochos en la mesa con un mantel blanco bordado con imágenes de frutas (mamey, piña, manzana y uvas), recuerdo las paredes recién encaladas y el fresco y penetrante olor del blanco. Lo recuerdo perfectamente porque corrí desenfadado a la puerta de mi casa, esta tenía un escalón y un pequeño andador de un metro (a mí me parecía enorme esos días) que colindaba con el jardín de mi abue. El caso es que, corriendo, tropecé en el escalón y volé el gran metro hasta la llave de agua que mi abuelo usaba para regar sus azucenas; recuerdo perfectamente el azoro, la inconciencia pasajera, la frialdad del tubo galvanizado y su sabor, recuerdo el sabor del metal porque, al sentir el golpe en mi frente, me puse en posición fetal y mi boca quedó pegada al tubo. Mi madre llegó rápidamente pero el daño estaba hecho. Lloré inconsolable, cómo cualquier niño de cinco años, mamá me cargó y llevó adentro, me dio una concha con leche de chocolate, me sentó en el sillón y se quedó conmigo hasta que dejé de llorar. En la frente presumía un gran chichón, enorme cómo jamás he visto otro. La cosa fue que ese día tenía que bailar. Mamá trató de ponerme la máscara gatuna sin lastimarme, pero esta me quedaba tan ceñida y el chichón era tan grande que el dolor era insoportable; volví a llorar y le dije a mi madre que no bailaría. No recuerdo qué cosa me dijo ni cómo me convenció de hacerlo, pero bailé. Recuerdo los pasos, el dolor que se incrementaba en los saltos, la máscara húmeda por dentro porque el dolor me hacía llorar; de hecho casi no veía por los ojos de la careta. Pero bailé (entiendo porque ahora soy tan malo para bailar)

El caso, señorita, es que lo recordé justo hoy.

Ya ves que llevó mi pequeña máscara de gatito y detrás las lágrimas esperan su arte de tristeza rodando por las mejillas. Ya ves que no veo la desgracia tatuada en los rostros de nadie porque todos llevan su antifaz del día. Ya ves que ese nadie quiere quitársela porque está encariñada con ella. Soy el gatito más anónimo del mundo.

Pero mamá hizo que me levantara y siguiera caminando, bailando es más literal. Ando la vida bailando aunque sea un mal bailarín. Entiendo porqué debo seguir adelante, porqué el peso de tantos desafíos hace que los huesos de mis piernas crujan. Pero hoy quiero dar ese paso que propusiste, no sé a dónde ni cómo, pero eso ya lo descubriré.

Siempre hay de dónde romper

lunes, julio 07, 2008

Últimamente llueve tanto que ha empezado a perderse el encanto del agua contra el suelo. Me siento bien, tú, es sólo que extraño cosas de antes. ¿Recuerdas la primera vez que te subiste a una resbaladilla o el modo en que olía el regazo de tu abuelo o la terca sensación de levedad después de un beso (especialmente si te lo han dado sin aviso)? Quiero una cometa y salir al parque a volarla. Ahora todo marcha muy bien pero quiero más. Siempre queremos más. Tengo ganas de un Mcflurry y que me cuentes historias de antes. Quiero hacer esos rompecabezas mentales que imagino cada vez que me cuentas cosas. Quiero hacer esos proyectos de historias que nunca escribirás (y no sé por qué). Quiero que me platiques de Moro y Karlita y Jordi y caminar por ahí sin rumbo. Quiero mi mono de tela.

Quiero ser el niño de siempre.

Supongo que tengo una de esas nostalgias que me dan cuando me siento insatisfecho. Hoy he escuchado a Adriana Varela todo el día. El tango me gusta pero me entristece (aunque eso sea obvio en el tango)

Tengo que reconfigurarme, recoger los pedazos de todos los hechos y las personas a mi alrededor y comenzar de nuevo un rompecabezas. Tienes razón (me gusta cuando tienes esa lucidez de asceta oscurecido) Siempre hay de dónde romper.

El universo en las entrañas

sábado, mayo 31, 2008

Cuando era niño el universo era el prado frente al rancho de mi abuelo. El cielo mascaba las nubes y parecían recortes de crepé mal puestos sobre el papel añil. Invariablemente el universo crece conforme uno va creciendo. Los amigos de la escuela ya no viven a la vuelta de la cuadra sino en partes distantes de esta ciudad o lejos donde los recorridos habituales son de por lo menos una hora. Amigos dejan de serlo o vuelven. El universo parece crecer. Algunos se marchan lejos y se van disolviendo tras alguna llamada telefónica o carta o el saludo a distancia de algún tercero. El universo parece crecer en tanto que llegan otras personas y uno deja de ser el mismo siendo aquello que los mazazos del tiempo van forjando sobre la piel, aunque uno parezca ser el mismo. De pronto el universo ya no tiene esas dimensiones catastróficas de planetas y nebulosas. Todo se reduce al infinito universo de las entrañas. La nostalgia por los tiempos de las escapadas de días con colegas, los besos robados, el vértigo de los días.

Uno va por ahí con la identidad de lo común tatuada a fuerza de los años en el rostro. Nada me diferencia de los otros. Nadie sabe que un día fui grande sobre el escenario contando palabras o que fui una pequeña rata de campo llorándole mis secretos a una mujer desconocida frente a una fogata. El amigo que murió de una sobredosis, el imbécil que se burló de mí por escribirle poemas a una mujer, la salida del sol en Isla Mujeres con los pies deshechos y la dama amada en brazos de otro. La manía de llorar en el baño después de hacer el amor. Qué hermoso y solitario es el universo que llevo en el pecho. Supongo que cualquiera diría lo mismo del suyo.

Ahora sólo lo quiero contemplar, al menos por esta noche.

 
Cajitas Chinas - by Templates para novo blogger